Anda que dejarme, ¡ya te vale!,
me dejas y el cielo llora,
el sol se esconde y no sale,
y mi corazón ya te pide hora.
Tú, cabezona, dale que dale,
eso que mi alma te implora,
que dejes de ser tan cobarde,
y te comportes como una señora.
Si me atrevo, en un alarde,
te pediré una cita a solas,
un día, cuando caiga la tarde,
Y si no, a la hora de la aurora,
donde los cuerpos se confunden y arden,
y los sentimientos simplemente afloran.
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